Las mujeres protagonizaron codo con codo junto a los hombres los eventos más importantes de la Revolución Francesa, y a pesar de eso se las relegó de nuevo a su rol tradicional cuando su apoyo dejó de ser necesario.

En este contexto, el feminismo empezó a dar sus primeros pasos con Olympe de Gouges y su Declaración de derechos de la mujer y la ciudadana.

 

LAS MUJERES EN EL CONTEXTO REVOLUCIONARIO

En la Europa Atlántica moderna, las mujeres burguesas habían ido entrando a lo largo del siglo XVIII en la esfera intelectual. Lo que había empezado con una incursión femenina en el mundo literario, gracias al auge de la novela y al estilo de vida ocioso de estas mujeres, desembocó en la organización de salones literarios organizados por ellas en los que se llevaban a cabo debates ilustrados.

«Lectura de la tragedia de Voltaire: «El huérfano de China», en el salón de Madame Geoffrin en 1755″ (1812) de Gabriel Lemonnier.

Si bien en ellos se gestó el rechazo al absolutismo que desembocaría en la Revolución Francesa, algunos autores comenzaron a discutir la conveniencia de la participación de la mujer en estas tertulias. Se desarrollaron y extendieron las ideas de la inferioridad femenina por motivos biológicos, ya que estos hombres argumentaban que no estaban dotadas de razón y, por tanto, no tenían derechos naturales.

Por otro lado, los avances de la época en el estudio anatómico mostraban cómo el cerebro y los órganos sensoriales eran iguales en ambos sexos, así que las capacidades debían ser las mismas.

Pero la irrupción de las mujeres en el panorama político no se debió a cuestiones educativas ni biológicas, sino porque su “dominio”, la economía casera, pasó a ser un problema político. La crisis económica y la escasez de alimentos hizo que hombres y mujeres lucharan juntos en la Revolución y, a pesar de que esas cuestiones en un inicio afectaban al terreno femenino, para muchos hombres dejaron de hacerlo al pasar al plano político.

Sin embargo, las mujeres continuaron participando activamente —e incluso reclamando el uso de armas— en esta primera fase del feminismo en que sus posibilidades de acceso a la esfera pública se veían con optimismo debido a los cambios del Nuevo Régimen.

Pero cuando Luis XIV convocó a los tres Estados, las mujeres fueron automáticamente excluidas —e incluso se autodenominaron «el Tercer Estado del Tercer Estado» en una de las primeras manifestaciones de conciencia colectiva de su situación—. Esto fue recogido en el epílogo de la Declaración de Olympe, de la que hablaremos más a fondo a continuación, en términos muy claros: «¿qué ventajas habéis obtenido de la revolución? Un desprecio más marcado, un desdén más visible».

La fase de optimismo a la que nos hemos referido terminó en las mismas fechas que la vida de Olympe de Gouges, con el cuestionamiento y rechazo de todas sus reivindicaciones, la ejecución de las líderes, la clausura de los clubs femeninos y su reclusión al que, para muchos, era su lugar: el doméstico. Con Napoleón, este rol asignado se convirtió definitivamente en “ley natural” decidida por el hombre.

Tuvo que pasar más de un siglo hasta que las mujeres de Francia volvieran a tener otra oportunidad.

 

OLYMPE DE GOUGES

Olympe de Gouges es el pseudónimo de Marie Gouze, una burguesa que se casó y enviudó muy joven. Se trasladó a París, donde asistía a los salones literarios y se codeaba con los intelectuales ilustrados.

Su carrera literaria y como activista política puede decirse que van a la par. Entre sus reclamaciones políticas destaca la abolicionista, hasta el punto en que su obra de ficción más conocida —La esclavitud de los negros (1792)— fue muy polémica al tener tanto peso en la Corte el tráfico de esclavos y la economía colonial. Su publicación le valió la cárcel, aunque consiguió salir al poco gracias a sus contactos, que movieron hilos para liberarla.

En otras materias puso el acento en reformas sociales que protegieran a los más desfavorecidos: niños, desempleados e indigentes. Pero sin duda ha pasado a la historia por su defensa de la igualdad entre hombres y mujeres tanto en lo doméstico como en lo público.

Su obra, la Declaración de derechos de la mujer y la ciudadana toma como base la Declaración de derechos del hombre y el ciudadano del 26 de agosto de 1789; el texto fundamental de la Revolución Francesa, en la que ella había participado en el bando de los girondinos. Parafrasea sus artículos cambiando “el hombre” por “la mujer” y matizándolos.

Se enmarca dentro de la primera ola de feminismo surgida a finales del siglo XVIII con los cambios de pensamiento que dieron paso del Antiguo al Nuevo Régimen. Pero a pesar de ser el primer programa de reivindicación de derechos de las mujeres, y a diferencia de su referente masculino, cayó en el olvido durante décadas.

Después de la Revolución, Olympe criticó el gobierno impuesto por los jacobinos, lo que en última instancia la llevaría a la guillotina acusada de traición en 1793.

 

LA DECLARACIÓN DE DERECHOS DE LA MUJER Y LA CIUDADANA

Ya hemos visto que la propia base de la Ilustración fue gestada en parte gracias a las mujeres y sus salones literarios. Pero pensadores como Jean-Jacques Rousseau acabaron volviendo esto en su contra e intentando asociar las inquietudes femeninas a la promiscuidad sexual y la desatención de las tareas propias de su género. Mientras el filósofo argumentaba que la razón es algo de lo que las mujeres no disponen por supuestos motivos biológicos, Olympe se refiere a ésta y a las leyes de la naturaleza en su Declaración para reforzar que este perjuicio de una parte de la sociedad no tiene cabida —o no debería tenerla— en las ideas ilustradas.

Por lo tanto, la equiparación de la mujer al hombre en derechos y oportunidades y las alusiones a que ambos son iguales por naturaleza, sea por las leyes de la razón o por las de Dios, son el eje central de la Declaración, pero se enfoca desde la capacidad intelectual y responsabilidad, desechando los argumentos biológicos en su contra.

Como texto fundacional del feminismo, por propia definición defiende la igualdad del hombre y la mujer —a pesar de que Olympe de Gouges manifieste la superioridad del sexo femenino «en belleza, coraje y sufrimientos maternos»—.

Hemos dicho ya que Olympe de Gouges tomó la Declaración “masculina” como base para su obra, pero no solo eso. También utilizó el mismo lenguaje revolucionario que sus compatriotas, hecho que recalcaba aún más la hipocresía de esos conceptos que tan orgullosamente esgrimieron sus compañeros varones: libertad e igualdad.

Olympe parafrasea los artículos referentes a estos conceptos poniendo de manifiesto que en ellos no se habla de “el hombre” de forma genérica, sino literal. Por eso, en su primer artículo «la mujer nace libre y permanece igual al hombre en derechos», y todos aquellos puntos en los que en el texto original se pedía la igualdad entre hombres, en la Declaración de Olympe se pide la equiparación de la mujer al hombre en esas mismas reclamas.

Y no son los únicos conceptos revolucionarios con los que Olympe juega. El de Nación, por ejemplo, manifestado en el artículo tres de la Declaración de Derechos del Hombre y el Ciudadano como la totalidad de los ciudadanos, se tradujo en realidad como el 50% de la población. En el tercer artículo de su equivalente femenino, Olympe matiza que la Nación es la unión del Hombre y la Mujer.

En esta misma línea pone en evidencia esa paradoja con otros conceptos colectivos como soberanía y ciudadanía y alude también a uno de los artículos más importantes en ambas Declaraciones; el decimosexto, «una sociedad en la que la garantía de los derechos no está asegurada […] no tiene Constitución», y en la que ella añade que la constitución es nula si esa mitad de la población a la que nos referimos, la femenina excluida, «no ha cooperado en su redacción».

Pero, aunque estas peticiones sean más llamativas por la hipocresía de su contexto, no menos importantes son aquellas que les atañían directamente en la esfera privada: las de la familia. Los derechos como esposas, sea casadas o viudas, y los de sus hijos, legítimos o bastardos. Y sobre todo los referentes a la propiedad, que debían lograr su independencia; algo todavía más básico que el sufragio en un sistema basado en el individualismo.

De la opresión del hombre, tema mucho más denunciado en documentos posteriores, se pronuncia en el artículo 4, por el que «la mujer solo tiene por límites la tiranía perpetua que el hombre le opone».

En cuanto a la educación femenina —de la que ya hemos visto su importancia—, si bien no se hace una mención explícita, sí a que el acceso a la esfera pública deba ser en función de la capacidad individual y no del sexo, equiparando por tanto la capacidad femenina a la masculina —artículo sexto—.

En esencia, el texto señala la falsedad de los preceptos liberales. La Nación debe incluir a la mitad de la población, que es femenina. La soberanía no es universal si no incluye a todos los ciudadanos, y si dentro de estos ciudadanos están incluidas las mujeres para ser juzgadas, también deben poder estarlo para contribuir a crear esas leyes con las que las juzgarán.

Este concepto está muy bien expresado por parte de la propia Olympe de Gouges; si la mujer tiene derecho a subir al cadalso, también debe tenerlo para subir a la tribuna. En su caso subió al cadalso precisamente por subir a la tribuna.

La Declaración de la Mujer y la Ciudadana de Olympe de Gouges no solo fue un reflejo de su contexto, sino que también marcó el nacimiento del feminismo moderno. Vendrían otros textos clave, como la Vindicación de los derechos de la mujer (1792) de Mary Wollstonecraft en el terreno teórico y filosófico; y la Declaración de Seneca Falls, que fue la primera organización colectiva internacional y el primer foro público dedicado exclusivamente a la situación de la mujer. De ésta nació formalmente el movimiento sufragista, que se desarrollaría el resto del siglo XIX y durante el principio del XX..

 


BIBLIOGRAFÍA

  • BOSCH, Esperanza; FERRER, Victoria y ALZAMORA, Aina: El laberinto patriarcal. Reflexiones teórico-prácticas sobre la violencia contra las mujeres. Anthropos, Barcelona, 2006.
  • PÉREZ GARZÓN, Juan Sisinio: Historia del feminismo. Catarata, Madrid, 2011.
  • NASH, Mary: «El feminismo». Cuadernos del Mundo Actual, 47. Madrid, Grupo 16, 1994.
  • HIERRO, Graciela: «Del abanico a la guillotina: mujeres, hombres y la Revolución Francesa 1789-1871», en GUTIERREZ CASTAÑEDA, Griselda: La Revolución 200 años después. Facultad de filosofía y letras de la Universidad Nacional de Mexico, Mexico D.F., 1991.
  • CAINE, Barbara y SLUGA, Glenda: Género e Historia. Mujeres en el cambio sociocultural europeo, de 1780 a 1920. Narcea, Madrid, 2000.

 


Si quieres utilizar este texto perteneciente a La Misma Historia, no olvides citarnos de la siguiente forma:

Elías Viana, Marta: Olympe de Gouges y la «Declaración de derechos de la mujer y la ciudadana» (15 de octubre de 2019), en La Misma Historia [Blog]. Recuperado en: https://lamismahistoria.es/olympe-de-gouges/ [Consulta: fecha en que hayas accedido a esta entrada]

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2 thoughts on “Olympe de Gouges y la «Declaración de derechos de la mujer y la ciudadana»”

  1. ¿»En esencia, el texto señala la falsedad de los preceptos liberales»? Esa frase es totalmente desacertada. El texto de Gouges no señala nada de eso. Al contrario, es un texto liberal que defiende que el liberalismo no debe discriminar por sexo. Lo que hace Gouges es profundizar en el liberalismo y llevarlo a ser coherente con sus propios postulados.

    1. Precisamente, llámalo falsedad o llámalo hipocresía si quieres. Lo que critica es la falta de coherencia de lo que sus coetáneos vendieron como liberalismo.

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